Un aire nocturno
Actualizado: hace 6 días

The meeting (2026) es el último disco de Omar Rojas, bajista, músico de sesión, productor musical, director artístico, docente universitario y creador audiovisual. Sus primeros proyectos fueron: One day Project (2010), disco instrumental de alabanzas y música cristiana; Seguir (2012) virtuoso y reflexivo disco solista donde despliega su talento con creación de ritmos peruanos y Roundtrip (2015), hipnótico disco de jazz y funk. The Meeting (2026), su cuarto y reciente proyecto, recoge una exploración que fue construyendo desde hace más de diez años, a partir de temas del repertorio peruano. The Meeting incluye los valses “Mi propiedad privada”, “Nuestro secreto”; los huaynos “Ojos azules”, “Valicha”, “Quisiera quererte”; el festejo “No Valentín”; y las cumbias “El aguajal” y “Tu amor fue una mentira”. Si bien se presenta en formato de disco en las plataformas, con un set list de canciones, The meeting es más bien una experiencia que une lo visual a partir de lo sonoro y, en su estructura, lo dramatúrgico a través de lo narrativo en la búsqueda de conexión emocional con los espectadores/oyentes.
El tema con el que abre el disco, “Hello World”, nos brinda las claves para entender esta concepción. Inicia con acordes atmosféricos producidos por un sintetizador envolvente. Los acordes suspendidos crean un clima etéreo, generando una sensación flotante y un pulso respiratorio. Uno de los bajos marca el pulso con un golpe pesado mientras que otro construye la melodía con un sonido brillante para que, en contrapunto, ingrese tarareando una voz asordinada, voz distorsionada como por un procesador robótico que asemeja una trompeta con sordina transformándose, de ese modo, en otro instrumento melódico. La batería hace que la canción avance balanceándose con el groove de un ritmo en corcheas swing, el bombo emerge a contratiempo y las escobillas de las baquetas dan golpes ligeros que generan la elegancia de una cadencia urbana cercana al hip hop, al modern jazz o al neo soul. Si la percusión impulsa el viento que nos envuelve, la expansión del sintetizador va generando nubes de sonido en su acumulación que dejan pasar a su vez el aire de las limpias notas del bajo melódico. La canción repite esta sensación en un bucle envolvente.
No es gratuito que, hace unos años, esta canción llevara como nombre “Aire”, y que sea elegida ahora como un saludo al mundo. La canción inhala y exhala, y en ese girar que produce el aire del círculo armónico, remarca una célula rítmica que es la atmósfera de una ciudad urbana digitalizada. Su saludo al mundo es la apertura de una ventana hacia el espacio personal, un aire nocturno y urbano desde donde dará su versión de nuestra tradición. Asimismo, es también la apertura de un espacio teatral donde construirá la historia de las canciones. Por eso, la voz en off funciona como la de un presentador teatral invitándonos a presenciar un espectáculo: “Hola amigos, Omar Rojas por aquí. Gracias por escuchar y conectar con The Meeting. Una selección de canciones clásicas del repertorio peruano, reinterpretadas por diferentes artistas de distintos lugares. Lo importante de esto es que la música siga sonando, nosotros escuchando y, sobre todo, compartiendo... Cada tema ha sido presentado con mucho amor y con mucho respeto. Gracias por escuchar, apoyar y, sobre todo, por seguir conectados. Mundo, escucha. Esto es: The meeting“.
La presentación del autor nos remarca el trabajo colectivo del disco a través de la conexión al servicio de la música. Es decir, The meeting como un lugar de encuentro, una reunión de intenciones, formaciones y aportes para construir-reinterpretar temas peruanos, “con respeto y amor”. Pero, asimismo, The meeting es la consciencia de reunir el circuito comunicativo de la música que tiene como centro a los oyentes situados en el mundo. Es decir, ofreciendo la música de nuestra tradición a oídos universales.
La primera canción del disco es “Mi propiedad privada” interpretada por Amy Gutiérrez. Esta empieza situando el espacio donde se produce, con la voz limpia de Amy y sintetizadores acompañando su lamento solitario. Son acordes atmosféricos, misteriosos, que caen firmes como niebla y lentos se posan en el espacio sonoro con filigranas electrónicas que construyen una habitación solitaria. El teclado no busca el ritmo sino la neblina nocturna. El maestro Omar Rojas respeta la narración de la historia y los instrumentos son sus elementos narrativos. Debajo de esta atmósfera nocturna el bajo avanza en una especie de walking bass agrupando patrones rítmicos del vals, tondero o marinera. Estas notas se introducen, dispersan por momentos la niebla, se detienen y acompañan la voz doliente. A su vez, el piano acústico conversa con la voz en contrapunto mientras el sintetizador suspende el tiempo nocturno. No realizan el comping del vals, sino que, en los silencios y pausas, realizan filigranas con adornos y afirmaciones melódicas, sin descuidar los cortes rítmicos de todos los instrumentos, remarcando la característica del vals. Debemos destacar la emotividad e intensa voz de Amy Guitérrez quien agrega quiebres góspel a la historia, con ligeros timbres de autotune en algunos finales de sus frases, con recursos del soul y R&B para improvisar alargando algunas sílabas sobre la base de un coro reverberante. Esta improvisación vocal es central en el disco, equiparando la exploración sonora de la voz a la de cualquier instrumento en la narrativa sonora. A veces, sutilmente, el sintetizador desata una breve distorsión de saturación espacial como “fisura tecnológica” que, en otras canciones, volverá a introducir acentuando el clima doliente. La improvisación de la guitarra que a continuación emerge realiza citas melódicas a valses clásicos como “El Plebeyo”, “Ódiame” y “Mal paso”, mostrando un arraigo respetuoso a nuestra tradición desde la libertad de actualizarla.
La decisión de cambiar de instrumentos y darles protagonismo a otros, es acertada. Reemplaza a la guitarra acústica otorgando mayor protagonismo al rol del piano. Este realiza un contrapunto de texturas que adornan y brindan soporte a la voz. Asimismo, el sintetizador de base hace que la historia se suspenda, que evite ser uniforme y respire debido a que añade una suciedad tecnológica y humana. El bajo ingresa un groove con una función más móvil de lo usual, con ghost notes percusivos que funcionan como un segundo cajón, con notas de sonido redondo y limpio. El bajo no marca solo los acordes y el tiempo sino que, junto con la percusión del cajón, sostiene el ritmo del vals. La historia tradicional del vals se mantiene, pero colocándose en un espacio urbano universal abierto al neo soul y al jazz a través de un musculo electrónico con ramalazos de distorsión, soledad y neblina.
La segunda canción, “No valentín” cantada por Larissa Sánchez reafirma estas características. Los instrumentos construyen el espacio sonoro desde la melodía de un sintetizador al estilo de trap urbano o hip hop. Ahí se realiza una comunión orgánica entre el ritmo del sintetizador y el cajón peruano con la quijada. Se hermana, de esa manera, el ritmo del cajón festejo al ritmo del sintetizador en una especie de groove afrofuturista. Es el cajón quien sigue a la amplitud que construye el sintetizador que, con notas largas e intermitentes, va abriendo una línea de horizonte de fondo de espacialidad electrónica. La interpretación de Larissa Sánchez es entregada y rítmica, con melismas de agudos vibrantes y marcadas inflexiones de flamenco en los momentos de catarsis de la canción. Esta es, como dijimos líneas arriba, la frescura de estas versiones: la libertad vocal de los interpretes que improvisan y desarrollan motivos melódicos que revitalizan la historia. El maestro Omar reemplaza las guitarras de nylon del comping del festejo por riffs de guitarras eléctricas con resonancias rockeras o usando un sintetizador con sonido de saxofón. A su vez, el piano y el saxo juegan en sus solos, intercambiando los compases, pero sin perder el centro tonal, mostrando la flexibilidad de nuestros géneros para la improvisación. El piano realiza un solo con efectos de sustain para fusionarse con el sintetizador en una textura líquida-eléctrica, y se añade sutilmente el sonido de palos de lluvia o cascabeles de semillas como una forma de remarcar la importancia de no despegarse de la tierra, pero sin dejar de aspirar al cielo eléctrico de trascendencia. Se hace uso de un guión narrativo visual-sonoro que une el folclore afroperuano con los ritmos actuales, hermanándolos en un idioma universal. El maestro Omar carga de electricidad al festejo peruano añadiendo un bajo con timbre jazzístico, con slides largos, notas ligadas y sincopadas, cercanos al neo soul. Su versión es, por ello, el paso de un rito de lluvia y un duelo jazzístico, la mística electrónica afro-futurista de una elevación individual.
La siguiente canción, “Ojos azules”, es quizá donde se despliega la mayor escenografía sonora al servicio de la historia. El huayno es interpretado por la voz dramatizada de Carlos Cruzalegui, dulce y grave voz con notas largas de resonancias telúricas de folclore latinoamericano y matices de risa-llanto que conmueven profundamente la sensibilidad del oyente. La orquestación está al servicio de esta dramaturgia operística. El huayno inicia con violines y cellos duplicando la melodía con una quena, aquello da paso al paulatino ingreso del rasgueo de charango. En este punto emerge el paisaje sonoro de los andes con sus vientos, sus melancolías y cielos inmensos acentuando la soledad de la voz. El bajo del maestro Omar no elige los patrones del huayno sino notas largas de los acordes con sus inversiones dejando, aún más vulnerable, el timbre metálico de la voz de Cruzalegui. Ante este primer despliegue de la historia, la percusión fragmenta el pulso del huayno como un amague fantasmal donde las baquetas se acercan al parche o al aro activando las primeras células rítmicas del huayno pero haciendo luego silencio. Esto activa el reflejo de nuestras mentes y cuerpos expectantes, conteniendo a su vez el ritmo de la danza. El palo de agua y un efecto sonoro quieren semejar el borboteo del agua. Las cuerdas de los cellos hacen pizzicatos que son destellos, gotas-sonidos, y la flauta respira un motivo melódico con una ondulación que inicia con dos golpes de huayno y se desenreda en una melodía de balada romántica y se aleja. Todo está a la expectativa escuchando la pérdida de la amada. Hasta que todo es orquestal, la percusión completa la rítmica del huayno y van posicionando la canción como una suite de concierto. Lo imponente del coro comunitario ocupa todo el espacio sonoro, construye un paisaje imponente con sus frases-interjecciones repetidas rodeando al solitario. En la parte final, son las cuerdas, la percusión y el charango quienes sostienen el ritmo del huayno en su golpe colectivo, festivo y terrenal. Sin que pase desapercibido el bajo del maestro Omar imitando, por momentos, la voz del saxo en los huaynos del centro de nuestro Perú, disfrazándose de viento y haciendo contrapunto a la voz del lamento que grita a los cielos de un vasto paisaje que retornará, finalmente, al silencio de esta ópera andina universal.
La siguiente canción es también un huayno clásico llamado “Quisiera quererte”. Esta canción es interpretada por Greccia. Desde un inicio, la canción crea un motivo rítmico desprendido del huayno tradicional, que delega a la flauta y, más adelante, a otros instrumentos, incluido el bajo, retomando y construyendo otros motivos melódicos que nacen del contexto de la canción. Esta es otra de las características centrales del disco: la creación de melodías, con buen gusto y pertinencia, que nacen de la historia y la complementan. Es también refrescante la elección de la voz de Greccia. Esta es susurrada, con decorados tímbricos en la duplicación de efectos vocales, con una ondulante improvisación que añade un aire urbano contemporáneo al huayno. El bajo funciona como el bombo, a la par que la batería, y por momentos se produce una sincronía que muda el ritmo del huayno a los beats de trap. En la segunda parte de la canción, mientras más se acentúa en la batería el beat, el bajo abandona el patrón de huayno para hacer piruetas rápidas y cambios de acordes rítmicos, para volver, al final, al patrón de huayno. La noche atraviesa también esta canción con sus destellos nocturnos. Y la voz duplicada de Greccia con pequeños ecos de ensueño y coros sutiles, desfasados milimétricamente, nos devuelve hacia una nostalgia flotante.
La repentina aparición de “El aguajal” cantado por Andrea Herrera, sacude nuestros sentidos y nos muestra quizá la voz más cercana al lenguaje jazzístico del disco. Es una voz limpia y sofisticada que muestra dominio de recursos del soul y el R&B moderno, además de consciencia en el aprovechamiento de tensiones en los acordes que la rearmonización le propone para con técnica y sensibilidad construir las variaciones a las frases de la historia. El sintetizador de la canción inicia como una ola densa, una neblina digital que construye el espacio nocturno y solitario donde imagina estas historias el maestro Omar. Acordes largos y sostenidos con oscilaciones rítmicas, dejan paso para que el bajo reincorpore el motivo melódico de “Aire” con el que inicia el disco y que, al retomarlo en este punto, nos indica no solo la conexión musical con la voz de la cantante sino el centro del recorrido del disco. Líneas arriba señalamos las fisuras tecnológicas del sintetizador. En “Valicha” (feat Andrea Herrera), se inserta un sintetizador transgresor que avanza a la par de las osadías creativas de la voz de Andrea Herrera. Al inicio, este sintetizador es percusivo, cayendo en tiempos débiles o en síncopas. Es como si caminara con pasos pesados encajando en lugares débiles, un desplazamiento rítmico con ligaduras, mientras la voz brillante de Andrea hiere los cielos abriendo la historia y el sintetizador hiciera garabatos emocionales. Al centro, una percusión pop, con un sintetizador más espacial se entrega a un cielo cósmico con notas flotantes y sosteniendo un viaje tridimensional. El delay vuelve este sonido estereofónico, aunque impulsivo e imprevisto al inicio y, ahora, acumulativo, escalonado e intermitente. Esta es tal vez la escenografía más emocional y disruptiva de todo el repertorio de canciones de un disco que, en conjunto, reúne historias de reclamo amoroso, abandono y soledad.
El disco se va cerrando con la creatividad que demuestra Greccia en la interpretación de “Tu amor fue una mentira”, versión donde el bajo introduce fraseos funks uniéndolos al ritmo de la cumbia, y el vals “Nuestro secreto” (ft Gala Brie). Esta canción inicia con el ruido terroso de la estática que se escuchaba al mover el dial de una radio. Sobre esta parece desarrollarse, tambaleado, una melodía de sintetizador de viento en síncopa rítmica afroperuana. La voz inicia la historia y, de nuevo, la guitarra de nylon es cambiada por el teclado eléctrico como un colchón neo soul y R&B. El bajo toca notas largas, secas y densas cuyo peso elástico remarca el ritmo afroperuano. La voz de Gala es un susurro aéreo y dulce que transita los matices de la historia. El solo del clarinete es flotante arropado de un sonido electrónico y debajo de este virtuosismo se producen transiciones rítmicas del landó al vals y del vals al neo soul. Esta es otra de las virtudes del trabajo del maestro Omar, en este disco: las transiciones rítmicas de distintos géneros son tan naturales y orgánicas. Al punto que el festejo afroperuano puede convivir con una descarga de montuno de salsa en la sección final de la canción. Esta forma de concebir melodías, ritmos y armonías revela el trabajo de un investigador musical serio y un ejecutante estudioso de los géneros que orquesta.
En “Outro”, cuando acaba el disco, menciona Omar Rojas: “Gracias por escuchar. Agradecer a cada uno de los músicos y artistas que han sido parte de The meeting. A todo el equipo técnico y, sobre todo, a ti por darte el tiempo de escuchar. Ahora, si puedes, comparte. La música está aquí, siempre. Esto fue The Meeting”. El disco finaliza con la voz en off del autor como anfitrión que cierra el espectáculo. En “Outro”, el sintetizador de fondo hace etéreo y suspendido el espacio. Sobre este, un bajo realiza acordes, otro construye la melodía y es el bajista quien se dirige a nosotros. Al mencionar que la música está “aquí siempre” nos está indicando lo que ha plasmado en su disco: abrir nuestra tradición a los sonidos del presente, con las voces del presente, al servicio del oyente en un contexto universal. Aunque hay consciencia en este propósito, no está razonando un camino a seguir, está más bien mostrando su voz en su forma de sentir nuestras canciones a través de su formación, la investigación y el encuentro colaborativo. El maestro Omar Rojas demuestra un corazón enamorado de nuestro pasado y un oído atento al presente del mundo. Creo que es la forma más sincera de abrir un camino.
The meeting (2026) de Omar Rojas en: https://www.youtube.com/watch?v=VfWB5mNs_IQ&list=OLAK5uy_ksdfomN8GUtYv8nkfERQnufZ8vRl_T0X8&index=1


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